martes 27 de diciembre de 2011

El mundo al revés

Cuando vuelvo a casa a pasar Nochebuena y Navidad -y muchas de las otras pocas veces que bajo a visitar a mi familia- me da la impresión de que, de pronto, me encuentro en el mundo al revés. Me encuentro rodeado de personas con criterios éticos y morales muy distantes de los míos y, siempre al llegar, cuando escucho o observo cualquier comportamiento habitual, recibo el primer choque. Después, a veces, me acostumbro, otras, las más, acabo discutiendo.
En una de mis últimas visitas mi madre me decía que Dios le había hecho un regalo, que uno de mis hermanos pequeños fuera a meterse en el seminario el próximo año, frente al castigo de tener un hijo homosexual, leáse yo mismo. Este extraño margen de referencias tuvo, a mi juicio, su momento cumbre cuando mi madre me decía -aún era menor de edad y vivía en el piso familiar- que hubiese preferido mil veces que hubiese matado a alguien a que fuera o habría que decir manifestará conductas homosexuales, puesto que mantener relaciones con otros hombres era un pecado mucho más grave para la Iglesia.
La última visita que realicé al domicilio familiar se encuadró en las últimas elecciones generales. Mi madre, por primera vez (antes siempre había votado lo que le dijera mi padre) iba a votar al Partido Popular. Era gracioso porque somos relativamente pobres. Siempre he sido el que ha tenido menos dinero de mis amigos (también uno de los que tenía más hermanos, cosa que influye en el nivel de riqueza). Mi padre es funcionario sí, pero de los que menos cobran, mi madre jamás ha trabajado. Nuestra vivienda es de protección oficial y siempre hemos vivido de forma muy humilde. Ver que mi madre iba a votar a un partido que iba en contra de sus propios intereses hizo que comenzase la discusión.
Pero, en el mundo al revés, las prioridades son otras. Para mi madre, no importaba que posiblemente se instaurara el copago y su madre, bastante enferma, tenga que pagar las quince pastillas diarias que le han mandado los médicos, no importa que le bajen el sueldo a su marido, que sus hijos no puedan ir a la Universidad porque sus hermanos mayores hayan cumplido los 26 y haya terminado el descuento de familia numerosa, y no puedan hacer frente a la subida de tasas de la matrícula, o que su hijo mayor no vaya a poder sacar su plaza de profesor de Historia porque no habrá más contrataciones en el sector público, entre otras muchas cuestiones prioritarias.
Mi madre ha votado al PP para que quite el aborto y el matrimonio homosexual. Por supuesto, parece que no se ha enterado de que Rajoy ha afirmado que esperará el dictamen del Tribunal Constitucional (que iría en contra de toda su jurisprudencia si negara el matrimonio gay) o que lo del aborto vaya a ser una reforma y no una prohibición absoluta. Me llama la atención porque pone por delante cosas que no le afectan ni directa ni indirectamente, frente a las medidas que van a repercutir en su modo de vida y la de sus seres queridos.
Para ella, eso de lo que tu libertad acaba donde empieza la del otro no significa absolutamente nada. Porque, en ese mundo al revés que alguna vez llamé hogar, la moral de la Iglesia católica es la única que existe, seas creyente o no, y es, además prioridad absoluta.
Llegas a casa y ves que esas cosas que piensas que son de sentido común, valores compartidos por la sociedad, aquí no sirven. Aquí eres un endemoniado homosexual, aquí la Inquisición sería recibida con aplausos, aquí -o más bien allí- no querer ir a la Misa del Gallo supuso a mi hermano pequeño un castigo de una semana. A mí, una vez, me castigaron por sugerir que la Iglesia debía vender parte de sus bienes y dárselo a los pobres. Aquí dicen que está prohibido hablar de religión y política, pero sólo la que no comparten ellos, sólo los argumentos que traigo de aquello que ellos llaman despectivamente "el mundo". Aquí la razón es calificada de diabólica frente a la fe divina.
En esos momentos te alegras de haber escapado, de huir del sinsentido, de la espiral de locura que envenena las paredes de la que fue mi casa, y entiendes mejor cuando te hablan de la energía positiva que trasmite tu casa actual, donde vives con personas que aprecias bajo las leyes que uno cree universales. Y así, uno intenta no hacer a los demás lo que no quiere que le hagan a él y respetar las libertades ajenas, pero no puede callar cuando las libertades ajenas quieren imponerse a la de los demás.
Así, cuando cumplo con mis hermanos pequeños y mis abuelas, y salgo de ese mundo invertido, respiro aliviado. Las tornas han cambiado. Durante años fui yo el diferente, el que mantenía su propia ética y moral en un rincón de aquella casa. Ahora ese rincón es mi mundo y la casa se ha convertido en el rincón, pero es un rincón espeluznante.

1 comentarios:

Manué Amalíjevich dijo...

Qué bonito Pablo! Me encanta! :D Esta vez te ha salío del alma, sin dejar de hacer una redacción bien atada y cerrada!

Un abazo gande! :D

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